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Diario YA


 

“Como el pueblo tal es el sacerdote” Oseas, cap. IV v.9

Francisco le da un baldazo a una Iglesia anquilosada

Miguel MMassanet Bosch. Sin duda que la Iglesia católica, desde su fundación con San Pedro, ha sufrido toda suerte de vicisitudes; entre las cuales diversos intentos de reforma que, casi siempre, acabaron siendo condenados  por la Iglesia oficial, bajo el epígrafe de “herejía”, con la excomunión y desautorización de quienes las plantearon aunque, en diversas ocasiones, en el trasfondo de las objeciones que los herejes le hacían a la “religión oficial”, algo tenían de base y, en muchas ocasiones, se debían más al comportamiento excesivamente mundano de algunos religiosos (que causaba escándalo entre los creyentes), que al ataque o puesta en cuestión de los dogmas intocables, que formaban parte de la naturaleza divina de la institución.

Lo cierto es que, como dijo T. Fuller, “Los que adoran a Dios nada más que porque le temen, adorarían también al  diablo si se les apareciese”. Y, en este sentido deberemos reconocer que, en la mayoría de ocasiones, la Iglesia ha tenido la tentación de tener atemorizados a sus feligreses usando el miedo y el terror por la existencia del Infierno que presentando a un Dios amable, infinitamente misericordioso, incansable en el perdón y siempre dispuesto a acoger en su seno a aquellos que, aún sin reconocerlo, han tenido un comportamiento caritativo, bondadoso, afable con sus prójimos y, aún con pecados e imperfecciones, entregado al bien de los demás. En ocasiones, nos preguntamos si, en realidad, todos aquellos que, según se nos ha dicho, se condenaron por sus pecados –algunos de los cuales dejados de mencionar en la actualidad por la Iglesia actual, al menos, se puede decir que están ausentes en las predicaciones dominicales –  se merecían la condenación eterna, como se nos decía desde los púlpitos en nuestra juventud o, como en la actualidad se los califica, no son, en realidad, faltas de tal gravedad y no son motivo de la condenación, como mortales de necesidad, a las hirvientes calderas de Pero Botero –, pongamos por ejemplo los del Sexto mandamiento, que parecen haber dejado de tener la gravedad que, en nuestros tiempos, se les atribuía.

Es cierto que, dentro de la Iglesia católica, lo mismo que ocurre con todas las otras religiones y ya no hablemos en el caso de la Islámica; han existido siempre fundamentalistas y clérigos extremistas que han juzgado con extrema dureza y rigidez las faltas cometidas por los fieles y, sin embargo, han sido muy laxos con las propias. El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, fundado en 1.478 en tiempos de los Reyes Católicos y abolido oficialmente  en 1.834, en tiempos de Isabel II, tuvo un papel importante en cuanto a obligar, por la fuerza, a aceptar la religión oficial. Dicen las crónicas que “como tribunal eclesiástico, sólo tenía competencia sobre cristianos bautizados. Durante la mayor parte de su historia, sin embargo, al no existir libertad de culto ni en España ni en sus territorios dependientes, su jurisdicción se extendió a la práctica totalidad de los súbditos del rey de España” . Los efectos, aunque aplicaran los mismos métodos que utilizaba la Justicia civil para sus “hábiles interrogatorios”, no dejaron de ser de una insania, una brutalidad y una falta de humanidad, especialmente en tiempos del sádico Torquemada de modo que, aún hoy en día, los españoles tenemos el San Benito, en el resto de Europa, de haber fundado y permitido semejante pandilla de torturadores.

Lo evidente y, hoy en día, bajo el papado de Francisco, hemos tenido ocasión de comprobar que, una parte del clero ( como siempre se debe de reconocer que existen verdaderos santos entre los capellanes que se desviven haciendo caridad, trabajando en las misiones y ofreciendo su vida a favor de los más necesitados) entiende la religión y su ejercicio sacerdotal más como un modus vivendi, que como una clase de vida dedicada al servicio de Dios, sacrificada, pobre, caritativa y sumisa, sin buscar el lucimiento personal, la riqueza, la comodidad,  y, por supuesto evitando el dar escándalo a quienes los consideran como sus pastores, con sus conductas inapropiadas, sus pasiones mundanas y sus tributos al diablo, que también sabe como meterse en el interior de tales ministros del Señor. Pederastia, desfalcos, órdenes religiosas demoníacas, convivencias inadecuadas y homosexualidad, han formado parte durante muchos años, sin que se levantara una sola voz para denunciarlo, de la vida de muchos de estos “santos” sacerdotes que, en muchos casos, han convertido su ministerio en objeto de la repulsa de sus propios feligreses.

Ha subido al papado un hombre sencillo, un Papa que tampoco es italiano, como Voitila; un sacerdote que ha levantado el extremo de la manta y lo ha dejado caer abrumado por la inmundicia que ha encontrado debajo. Un hombre que no duerme en los ricos dormitorios del Vaticano y que, en un acto heroico, ha decidido sacar la escoba y la pala para barrer toda la podredumbre que se ha acumulado en aquellas instancias vaticanas ocupadas, dirigidas, utilizadas, explotadas y denigradas, en ocasiones, por toda la curia vaticana, un verdadero lobby italiano, que ha sido el que, en los distintos papados, ha ido dirigiendo esta especie de “mafia” en la que las finanzas, las prebendas, las riquezas, el boato y suntuosidad; han primado sobre la caridad, la pobreza, la humildad, la austeridad, la entrega a los pobres y la ayuda a los necesitados.

Ahora, en estos días de Adviento, con las Navidades en puertas. SS. el Papa ( con el que, debo decir, difiero en algunos de sus tics excesivamente comunistas, a mi entender) ha aprovechado el tener reunidos a todos los cardenales de la Curia vaticana, para hacer una felicitación navideña, sui generis, que ha dejado sorprendidos a los asistentes por la dureza y claridad con la que ha definido las “enfermedades de la Curia vaticana”. Quince trallazos han flagelado las espaldas penitentes de los allí reunidos y, con seguridad, muchos han tenido que aplicarse la regañina a sus propio comportamiento. Hace muchos años que la Iglesia permanece anquilosada, no tanto en el aspecto doctrinal, que puede que también necesite remozarse; sino en su acomodación a una vida excesivamente “mundana”, por decirlo de alguna manera; un apego y preocupación por el dinero y una persistencia en querer convertir el culto en algo excesivamente ritual, pomposo y, puede ser que, incluso, excesivamente repetitivo y alejado de los verdaderos problemas que preocupan a la gente de hoy que, aunque quisiera, no puede evitar ver como otras religiones están más al día en los temas sociales.

No sabemos si, la ímproba batalla que, el Papa Francisco, ha emprendido para poner al día a la iglesia católica, sanearla y desterrar toda la corrupción se ha ido infiltrando entre las sólidas paredes del edificio del Vaticano; echando a los responsables de las distintas corruptelas que se han ido destapando entre la curia y estableciendo unas nuevas normas que consigan que, todos los excesos, despilfarros, componendas, camarillas y demás irregularidades que se hayan cometido en los distintos departamentos de la capital de la Iglesia católica, sean cortadas de tajo y se envíen a los responsables de ellas a destinos desde los cuales no puedan perjudicar más a la Iglesia y al concepto que se tiene de ella por quienes, de buena fe, pertenecen a ella; sorprendidos y apenados ante la cantidad de noticias desagradables que van conociendo de grupos de sacerdotes infieles a su deber y ahogados en la inmundicia de sus propios pecados. O se elimina el cáncer o se perece en él. O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, entendemos la labor del Papa Francisco y su decisión de acabar con la corrupción eclesial. ¡Mucha suerte en su tarea!
 

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