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La nueva Francia


Manuel María Bru Alonso. 14 de septiembre.

Aquella que un día fue llamada “hija predilecta de la Iglesia”, y cuyos reyes fueron llamados “los Reyes cristianísimos”, la catolicísima Francia, lleva debatiéndose desde la Revolución francesa, entre dos banderas como en la meditación de los ejercicios espirituales de San Ignacio: entre la bandera de la secularización, y la bandera de la fe. Es verdad que la ilustración y su encadenada procesión de movimientos intelectuales que provocó, eslabones a su vez de la separación entre catolicismo y modernidad, supo ser aprovechada por quien escribe recto con líneas torcidas desde su providencia, para ayudar a la Iglesia a ser a la vez fiel a si misma, al legado de la fe y la tradición que no se ha dado a si misma, y audaz y valiente a la hora de no esconderse del mundo y afrontar con certidumbre y confianza el diálogo con ese mundo en cada tiempo y en cada coyuntura de la historia. Por eso, a Francia, o mejor dicho a la Iglesia francesa, a tres siglos vista, hay que agradecerla este pulso permanente y agotador, que ha fructificado en tesoros espirituales que lo son de la cristiandad entera, y que lo son del patrimonio de la cultura en todo el mundo. Así, como no dar gracias a Dios por gigantes como los patronos del sacerdocio secular y del periodismo, el Cura de Ars y San Francisco de Sales, o renovadores de la educación como de Lasalle, o Champagnat; o promotores de la experiencia espiritual más transparente y popular como Teresita de Lisieux, Grignon de Monfort, o Margarita María de Alacoque; o escritores contemporáneos capaces de comunicar a la sensibilidad del hombre moderno la novedad cristiana como Foucauld, Peguy,  Claudel, Mounier, Guitton, Saint Exupery, Mauriac, Bernanos, Frossard, Teilhard de Chardin, Danielou, De Lubac, y Congar. 

La plena sintonía con el presidente Sarkozy, quien ha dado un giro copernicano entre el estado laico por excelencia y la Iglesia, sobre la necesidad de una “laicidad positiva” de las democracias que necesitan del diálogo con las tradiciones religiosas para los grandes debates de la bioética, de la defensa de los derechos humanos y del medio ambiente; el maravilloso encuentro de ayer de Benedicto XVI en París con el mundo de la cultura, -en el que se atrevió a decir que la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura-; y las jornadas de hoy y de mañana centradas en ese milagro permanente de María Santísima que es Lourdes, expresan con elocuencia innegable la grandeza de un pueblo que, a pesar de tantas contradicciones, ha luchado incansablemente entre la rebeldía y la genialidad por dejar, como diría San Vicente de Paúl, a Dios por Dios, al dios comprendido sólo por unos pocos, y por tanto mal comprendido, por el Dios que se quiere hacer comprender por todos, porque ama a todos. Un pueblo católico francés que hoy parecen renacer de entre sus cenizas, no porque Francia haya dejado de ser ya “tierra de misión”, sino precisamente porque se ha tomado en serio serlo, porque bebe de sus raíces de honda espiritualidad, y porque se abre a la universalidad de la Iglesia, porque Francia, como el resto de Europa, o es católica, o no es.

Manuel María Bru Alonso

 

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