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Los pecados de Garzón

Pilar Muñoz. 17 de Septiembre.

El conocido juez Garzón vuelve a ser noticia estos días por su insistencia en desenterrar los restos de un pasado, pero sólo un pasado parcial, puesto que se trata de rescatar y elevar a protagonistas a algunas de las muchísimas víctimas de nuestra Guerra Civil. Su señoría quiere impartir justicia, verdad, pero sobre todo quiere recuperar eso que denominan “memoria histórica”. Este desenterrar real y figurado, está exento de equidad y de objetividad, pero ante todo está elaborado desde una alteración de una dimensión central para los hombres y para sus pueblos: la memoria.
 
La memoria desempeña un papel trascendente en la vida diaria de los hombres, siendo una función que nos permite tomar consciencia de nuestra biografía personal y colectiva, una biografía anclada en el presente, pero con huella en el pasado y con proyección en el futuro. Esta función cortical, es muy susceptible de presentar fallos en su ruta: entrada, almacenamiento y evocación. A estos fallos se les ha denominado acertadamente “pecados”.
 
Los pecados de la memoria pueden acontecer en el devenir temporal de los individuos, pero sobre todo, si se manipulan, se pueden convertir en verdaderas alteraciones de funcionamiento adecuado en el recuerdo veraz. Es en esta tarea en la que se ha centrado el Sr. Garzón y su empeño torticero de volver a un pasado “precocinado”, para desde esa recuperación, poder controlar el presente, pero sobre todo, garantizar un futuro muy favorecedor para un determinado grupo político.
 
Los pecados que está proponiendo para nuestro funcionamiento cortical de evocación histórica se dividen en dos tipos bien diferenciados, pero complementarios: los de omisión y los de comisión. Ninguno de ellos ha sido pasado por alto por este funcionario de la justicia. La tarea propuesta por el Sr. Garzón más bien responde a un neuropsicólogo que a un juez, y hasta donde sabemos los españoles su formación no responde a lo primero, sino a lo segundo. Los resultados de esta intrusión en el ámbito del funcionamiento mnésico de un pueblo pueden ser peligrosos para los individuos sometidos al experimento; es decir, ustedes y yo.
 
Permítanme adentrarme en el contenido de estos pecados en los que algunos líderes políticos, sociológicos, artísticos o jurídicos se empeñan en caer y hacernos caer:
 
1.       El pecado de transcurso. Este pecado es el ocurrido con el paso del tiempo. La mente olvida situaciones poco relevante o bien muy dolorosas, como medio salutogénico de superviviencia. Este transcurso temporal fue magistralmente controlado por las generaciones, de uno y otro bando que sí estuvieron presentes en nuestra contienda civil. De esta forma, este pecado de omisión era necesario para un colectivo que intentaba mirar al futuro con esperanza y con el aprendizaje de no querer volver a pasar por odios, horrores y maltratos. El Sr. Garzón se empeña en cometer una vuelta a un transcurso que ya estaba correctamente almacenado.
2.       El pecado de distractibilidad. Considerado como fallo de comisión, tratándose de provocar interferencias para que la evocación no sea correcta, y que se tiña de los nuevos mensajes. De esta forma, muchos mensajes frecuentes e intensos ofrecidos por partidos partidarios de la adulteración histórica, introducen interferencias elaboradas y subliminales para emborronar y contaminar datos históricos que estaban correctamente almacenados.
3.       El pecado de sugestibilidad. También de comisión. Alude a la tendencia a incorporar información engañosa procedente de fuentes externas, personas con alta emotividad (hecho que disminuye la veracidad del recuerdo), imágenes o material escrito. Este pecado está ligado a una atribución errónea en el rescate de un tramo temporal pasado. El Sr. Garzón quiere rescatar desde la alta emotividad, desde fuentes externas muy desvanecidas por el transcurso, y con intereses personales y de poder intensos.
4.       El pecado de persistencia. Trae consigo el recuerdo reiterado de información perturbadora de episodios que preferiríamos desterrar por completo de nuestra memoria a corto plazo. De esta forma, se empeña en recordar algo que queremos olvidar. Los españoles nos quedamos colgados de un recuerdo doloroso, compartido, con idéntico impacto y afectación. Lo que se produce es un pensamiento contrafáctico que supone una constante y patológica revisión de la secuencia histórica y que el presente, o el Sr. Garzón se empeñan en remover y modificar. El resultado es una culpabilidad subyacente de los individuos, pero esta culpabilidad sólo tiene una dirección vectorial: población conservadora, tradicional o simplemente de una ideología política contraria a la del grupo de poder.
5.       El pecado de propensión. En nuestro más íntimo ser existe el “ministerio de la verdad”, o también denominado conciencia. Para que la conciencia tenga equilibrio, busca la verdad, alejándose de la contradicción. Si no coinciden los datos entre la historia y los recuerdos, con una técnica mental apropiada, o con una interferencia apropiada, podemos adulterar la conciencia y por tanto modificar el pasado y traicionar a la verdad.
 
Queridos lectores, habrán podido comprobar cuan vulnerables podemos ser en manos de determinados personajes desaprensivos y tendenciosos. Les recomiendo algunas estrategias reactivas a esta inoculación subjetiva de la memoria: espíritu crítico, lecturas frente a imágenes saciantes televisivas, contrastar opiniones de diferentes fuentes y personalidades, controlar la emotividad intensa con que pretenden hacernos dividir a los españoles, y observación y reflexión ante determinadas conductas de estos líderes cuyo objetivo puede ser más simple que lo explicito. ¿Quizás manipulación para perpetuarse en el poder?.
 
 

 

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