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Diario YA


 

No meterse en política

Dicen que cuando alguien se atrevía a confiarle a Franco sus opiniones sobre la actuación de sus ministros y gobernadores, éste le espetaba:  “Haga como yo, no se meta en política”. Eso mismo es lo que la vicepresidenta del Gobierno les ha pedido a los deportistas españoles participantes en los Juegos Olímpicos, que no hablen de política. ¡Ah! Ni de política, ni de religión, por su puesto.

Creo que no hay mejor definición de un régimen sin libertades que ese: el del silencio sobre lo común, sobre la ciudad, sobre las cosas que atañen a todos, sobre la “polis”. Ya sea un régimen dictatorial, sin partidos políticos; ya sea un democracia meramente formal, y por tanto ficticia, con partidos políticos que tienden a ser estructuras del aparato del Estado, y sin sociedad civil real, sólo como apéndices de los partidos políticos.

La petición –¿o hay que hablar de mandato cuando se trata de algo tan oficial como es la delegación de un país en unos juegos olímpicos?- de la vicepresidenta está en plena sintonía con lo que tanto ella como el resto de su equipo han exigido a no pocos españoles. A este gobierno, por ejemplo, le parece inadmisible que los obispos, como si fueran ciudadanos de segunda, “hablen de política”, y eso que ellos, porque así lo han decidido libremente, no porque nadie pueda imponérselo, de la única política que hablan es la moralidad o inmoralidad de algunas propuestas y decisiones legislativas. También a este gobierno le escandaliza que los católicos, por ejemplo, hablen de su fe. Si en una sola idea se pudiese resumir la pretensión laicista es esa: la de reducir la fe a algo privado, encerrarla en las sacristías, reducir el cristianismo a una ética difusa que no tenga nada que proponer a la “polís”, a la ciudad, a la política.

Pero no olvidemos a China. La mirada de no pocos socialistas hacia esa dictadura, expresada en este mandato gubernamental a los deportistas españoles, y su silencio hacia la falta de libertades de un régimen que ha conseguido aunar lo peor del capitalismo y lo peor del comunismo, el de una economía prospera para unos hombres disminuidos en su dignidad, es muy significativa.

Seguramente, la pretensión laicista del gobierno español no sea sólo la de prohibir a los clérigos hablar de política y a los laicos hablar de religión, sino la de, llevando esa prohibición a sus últimas consecuencias, alcanzar la “libertad religiosa” que existe en China, es decir, una perniciosa persecución religiosa, en la que la única Iglesia posible es la que forme parte del aparato funcionarial del Estado.

Precisamente escribo esto desde la casa madre de una religiosas españolas cuya congregación nació casi hace medio siglo por la urgencia misionera de acoger a las niñas chinas que eran echadas en la cuneta de los caminos al nacer. Precisamente cuando la “orden” de la vicepresidenta del gobierno a los deportistas españoles enviados a China a los Juegos Olímpicos que ahora comienzan, y la prensa española –aun no del todo amordazada- nos ofrece la foto de un cartel oficial de gobierno chino que reza así: “tened cerdos, no niños”. Toda una proclama de defensa de los derechos humanos. Claro que, dentro de poco en España, como en China, a los niños poco antes de nacer se les podrá matar como a los cerdos, a cuchilladas.  

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Etiquetas:Manuel María Bru