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Diario YA


 

Nostalgia del cielo

      El que ha marchado lejos de su tierra, siente nostalgia del lugar que abandonó. Aunque en el sitio en que se encuentra ahora tenga un trabajo, haya formado una familia, pase allí la mayor parte de su vida... siempre hay algo que le recuerda el pueblo que dejó y no acaba de considerar su nuevo lugar de residencia como morada definitiva. Lo comprobamos a diario en este mes de agosto cuando tantos quieren pasar unos días en el pueblo en el que nacieron o en el que vivieron cuando eran jóvenes.

Pero hay algo muy parecido que debía ocurrirnos a todos. Estamos de paso por la tierra, no tenemos morada permanente en ella, sabemos que de aquí a algún tiempo (¿años, meses, días, tal vez horas?) tendremos que abandonar este mundo y marchar a la que será nuestra morada definitiva... Por tanto no se explica que vivamos tan apegados a lo de aquí y que, a imitación del emigrante que marchó de su tierra y que suspira por volver a ella, no tengamos nosotros verdadera nostalgia del cielo. Porque la nostalgia es pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos así como tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida. Lo que decía San Pablo: « pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia» (Flp 1, 21)
En muchos lugares se celebran en agosto fiestas en honor a la Virgen, especialmente en torno al día 15. Cristo, Dios y Hombre, murió en la Cruz para abrirnos a todos las puertas del Cielo y María Santísima es la primera de nuestra estirpe humana que ya ha atravesado aquel umbral del Cielo. Es la primera y la única de nuestra condición que, ya en cuerpo y alma desde el Cielo, nos señala cual será también nuestro destino, nuestra patria definitiva, la Tierra Prometida que ya debíamos desear mientras vivimos en este mundo. Es lo que rezamos en la Salve: «Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre».
Pero el camino del Cielo es estrecho, tiene dificultades, exige esfuerzo y lucha diaria para caminar por él cumpliendo la voluntad de Dios. Hay un camino ancho, cómodo, fácil, alegre en apariencia es el camino del egoísmo, de la soberbia, del afán de tener y del placer, pero ese camino no lleva a la Vida eterna sino a la muerte y una muerte terrible porque también es eterna. Convertirse, luchar por ser otro Cristo, ser fiel a la doctrina de la Iglesia... todo eso no es fácil: la puerta es estrecha; pero podemos recorrer ese camino porque contamos con la gracia de Dios y al final sabemos que se encuentra la Vida, esa vida del cielo que ya es para siempre.
En el Evangelio son muchas las ocasiones en que Jesús nos recuerda que, al final del camino de la vida, seremos juzgados. Al cielo no hay “acceso directo”, antes se nos preguntará si a lo largo del tiempo que Dios ha puesto a nuestra disposición hemos hecho la voluntad de Dios, si hemos cumplido la misión que Él nos ha encomendado.
Todo lo demás no tendrá importancia incluso aquello que a nuestros ojos ahora le damos tanto valor.

 

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