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Un Estado que nos da la moral (IV)


Beatriz Bullón de Mendoza, 18 de agosto.

Si hemos seguido hasta aquí las competencias y objetivos de esta materia, observamos que va perfilando una concepción del hombre y de la sociedad junto con una construcción de valores que es la propia del Estado. Se habla de “un nuevo punto de vista ético”, luego se reconoce que se trata de un punto de vista nuevo, que es el suyo. Se interpretan los derechos fundamentales de un modo particular que es el del legislador, y derivan de postulados ideológicos fundados en el relativismo y positivismo jurídicos. Se dice que sus contenidos han de contribuir a construir un pensamiento y un proyecto de vida. Por ello junto a los conocimientos, se desarrollaran procedimientos y estrategias, los centros han de ayudar a construir una conciencia moral y cívica acorde con las sociedades democráticas, plurales, complejas y cambiantes que vivimos. Se especifica que esta materia atiende especialmente a la construcción de un pensamiento propio (podríamos decir un pensamiento único). Y que el planteamiento de dilemas morales, propio de la educación ético-cívica de cuarto curso, contribuye a que los alumnos y alumnas construyan un juicio ético propio basado en los valores y prácticas democráticas”  

Pero la democracia es una forma de gobierno, no es una moral. La verdad no puede ser determinada por la mayoría o ser variable según los diversos equilibrios políticos. Como decía Juan Pablo II, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin principios se convierta con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como lo demuestra la historia.

Para el desarrollo de una sana democracia hay que descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores por tanto que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado pueden crear, modificar o destruir sino que deben sólo reconocer, respetar y promover. Es inútil tratar de enseñar valores y formar las conciencias si no se tiene una recta concepción de la persona. La autonomía de la razón no puede significar la creación por parte de la misma de los valores y normas morales según contingencias históricas o según culturas. A esto se opone el pensamiento cristiano y a esto nos podemos oponer padres, profesores y alumnos con la Constitución en la mano.

En realidad compadecemos a los alumnos y a los profesores que han de atender para su juicio moral a derechos humanos en cambio, a criterios éticos democráticos a valoraciones en que toda pluralidad y diversidad por el mero hecho de serlo es buena. Estamos convencidos que tal formación conducirá irremisiblemente a una conciencia perpleja en que se haga imposible la capacidad de decisión, y en definitiva, la participación o se anule o se imponga por la fuerza. Esto destruye la misma democracia.

 
 
 

 

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