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Carlos Gregorio Hernández: "La España mayúscula de Zapatero"

No parece ser la memoria, ni siquiera con el empeño del Gobierno de Rodríguez Zapatero, la mayor virtud de las generaciones actuales. Para celebrar los éxitos que recientemente han encadenado los deportistas españoles la prensa especializada e incluso la prensa generalista española y extranjera no ha dudado en recurrir, cual si de consigna se tratara, a comparar la sequía del pasado con la abundancia triunfal del presente. Pero no es el pasado inmediato de Felipe González y José María Aznar el que se evoca. Se trata de otro más remoto, el pasado de Franco, el que sale casual y sorpresivamente damnificado en la comparación.

Esta semana ha podido leerse en un periódico nacional que “Los que tienen pocos años se tomarán con naturalidad estos éxitos deportivos, pero los que recuerdan bien la dictadura y la Transición no salen de su asombro: hemos pasado del nada al todo (...)”. Curiosamente la glosa laudatoria del presente, tan absurda como desproporcionada y que a la postre sirve como la tinta al calamar para ocultarse cuando se siente amenazado, suele ir acompañada de algo de información que viene a contradecir la tesis de éste y otros columnistas poco versados en deporte y, por lo que puede leerse, también en historia.
 
Para mitificar el gol de Fernando Torres se escribe a renglón seguido que sucede al de Marcelino en 1964 en el retablo triunfal de nuestro deporte. Uno y otro han valido una Eurocopa de selecciones, las dos únicas que hasta ahora ha ganado nuestra selección nacional de fútbol. Entre ambos títulos un largo vacío. Para acrecentar el reciente triunfo en Wimbledon de Rafael Nadal se hace preciso recordar que desde 1966, entonces de la mano de Manolo Santana, ningún español ganaba este trofeo. Hasta que el Madrid ganó en los noventa la tan ansiada séptima Copa de Europa sus adversarios les recordaban que desde 1966 los merengues no festejaban ningún éxito comparable y que aquel había sido en blanco y negro. La copa, ya sin Alfredo Di Stefano pero todavía con Gento en el campo, venía a realzar el ciclo triunfal del madridismo en la década precedente. Dentro de poco tiempo se tendrá que volver a celebrar que otro español, quizás Iker Casillas, suceda a Luis Suárez como el último de nuestros compatriotas que recibe un Balón de Oro como galardón al mejor futbolista de las ligas europeas.
 
Aquel triunfo individual data de 1964. Cuando el año pasado se festejaba el Tour de Alberto Contador algunos desenterraron del baúl de los recuerdos a Federico Martín Bahamontes, que en 1959 había ganado esa misma prueba. Quedan en el tintero muchos nombres y deportes que todavía no han reverdecido los laureles de antaño como la hípica o el hoy tan injustamente denostado boxeo. Es evidente que, con los hechos a la vista, sólo se puede relegar a la nada o desmerecer lo cosechado entonces bajo un prejuicio ideológico y que si cabe hablar de desierto en lo deportivo éste ha sobrevenido después.
 
Igualmente llama poderosamente la atención que los éxitos del presente se asocien a la democracia y a sus gobernantes y los de otrora omitan la misma referencia, como en justa reciprocidad cabría esperar, limitándose a una mera referencia de calendario. Esperemos que en un futuro menos apasionado en lo político echar mano del calendario sirva para cavilar en sus justos términos el antes y el ahora, no sólo en lo deportivo sino en otras cuestiones mucho más decisivas para las vidas de los españoles como las expectativas de futuro, la prosperidad y el trabajo, en las que los tiempos antaño tampoco desmerecen a los actuales.
 
Pero, ni aquellos triunfos fueron gracias a Franco ni los de hoy son de Rodríguez Zapatero. Los éxitos deportivos, especialmente en deportes profesionalizados, son éxitos que poco tienen que ver con las políticas que en este ámbito desarrollan los gobiernos que, en todo caso, repercuten en la socialización del deporte. Los gobiernos no nos educan en golpeo de balón. Ya les gustaría a muchos padres dispuestos a dar un “pelotazo” a través de la prole. Lo que sí es imputable a la democracia, a todos y cada uno de sus gobiernos es, por ejemplo, la prosa del columnista citado, que durante muchísimos años ha recibido formación en lengua española, y el curioso uso de las mayúsculas y minúsculas que ustedes habrán percibido y que quizás explique mejor por sí solo las filias y las fobias que los españoles siguen padeciendo a la hora de hablar sin complejos del pasado.
 

 

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