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Editorial: "Otra vez, Sarko"

No es la primera vez, y seguro que no es la última. Nicolas Sarkozy ha vuelto a conseguir que los ciudadanos de los países vecinos del suyo sintamos una sana envidia. O quizá no tan sana…El caso es que el dirigente galo ha entrado con pie firme en el complicadísimo conflicto del Cáucaso, y aunque su discurso oficial puede calificarse de “políticamente correcto” (a pesar de las estrechas relaciones que históricamente han tenido Rusia y Francia), su manera de proceder puede calificarse de “excelente”.

Como ya hiciera en anteriores conflictos (el más reciente, la liberación de Ingrid Betancourt), Sarkozy es algo más que un observador oportunista y mucho más que un buen anfitrión. Sencillamente, es un líder. Tiene y sabe que tiene autoridad para encabezar propuestas, para estar siempre en el centro de los conflictos, por difíciles que sean, expuesto quizá a salir mal parado de ellos, pero convencido de que, si el problema se arregla, él tendrá los honores que se merece. Así es el presidente de Francia, y de turno de la Unión Europea.
 
Resulta innecesario, y probablemente también inoportuno hacer comparaciones. Pero de la misma forma que uno ve en Sarkozy el presidente que debe tener una potencia mundial (y europea) como es Francia, debiéramos esperar algo parecido del máximo dirigente de otra nación, España, aún con más solera y prestigio histórico que la gala. Y sin embargo, cada vez que el inquilino de La Moncloa sale de nuestras fronteras, la sensación que nos queda a todos es que mejor hubiera hecho quedándose en casa.
 
¿Se imaginan ustedes a Zapatero mediando entre Medveded y Shaakashvili?, ¿poniendo en su sitio a su antiguo aliado y cantándole las cuarenta a quien interesa apoyar? Un político sólo es escuchado cuando tiene autoridad moral. Y ese principio de autoridad, por más que se empeñen algunos, no lo dan las urnas. Una mayoría absoluta lo único que demuestra es que ha habido una gran coincidencia en elegir a un señor, ni más ni menos que eso. En cambio, la autoridad moral se la gana uno (o la pierde) con sus obras.
 
Ignoramos cuál será el final en este retorcido y sangriento choque de trenes en el Cáucaso. Pero sea cual sea, los europeos debemos sentirnos orgullosos de tener a un líder como el presidente francés en nuestro continente. Lo de menos es si está casado con fulanita o con menganita. Si sale en las revistas “couché” o en las portadas de los diarios más importantes. Lo sustancial es que cuando tiene que estar, está. Y cuando entra en un asunto, no lo deja hasta que consigue el mejor fin.

Miércoles, 13 de Agosto de 2008.

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