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La difícil reivindicación del laicismo

Ángel David Martín Rubio. 8 de Octubre.

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La servil repetición hecha por altos dignatarios eclesiásticos de los conceptos vertidos por el Presidente Nicolás Sarkozy con ocasión de la visita a Francia de Benedicto XVI, pone en una comprometida situación a estos aguerridos reivindicadores del laicismo.
 
Si se trata de enseñar la doctrina tradicional acerca de las relaciones Iglesia-Estado camuflándola bajo aparatosas denominaciones que resultan agradables a los oídos de nuestros contemporáneos, apenas habría que hacerles otro reproche que el que reciben los oportunistas pero, como parece más probable, se trata de asumir las categorías propias del pensamiento moderno en este asunto por lo que estamos ante una prueba más de que la crisis que atraviesa la Iglesia Católica se sitúa en el terreno que afecta a la propia conservación de la verdad que le ha sido encomendado custodiar.
El filósofo Romano Armerio formuló una ley de la conservación histórica de la Iglesia en los siguientes términos: la Iglesia está fundada sobre el Verbo Encarnado, es decir, sobre una verdad divina revelada y recibe la gracia necesaria para acomodar su propia vida a dicha verdad (es dogma de fe que la virtud es posible en todo momento). La Iglesia no peligra en caso de no acomodarse a la verdad sino cuando se pone en situación de perder la referencia a la verdad. La Iglesia peregrinante no es dinamitada por efecto de las debilidades humanas sino por aquéllos que llegan a cercenar el dogma y formular en proposiciones teóricas las depravaciones que se encuentran en la vida. O como dice un amigo mío de manera más sencilla aunque no menos profunda, hace más daño una idea equivocada que un fallo moral.
La Iglesia siempre creyó en la realeza de Jesucristo; pero llegó un momento en que juzgó necesario proclamarla solemnemente e incluso dedicarle una fiesta litúrgica especial. El motivo de este deseo, manifestado por el Papa Pío XI en su Encíclica Quas Primas (1925), fue la extensión rápida de la doctrina liberal entre los católicos. Siempre ha habido cristianos que, a pesar de reconocer a Jesucristo por Rey, han violado sus leyes. Eso es el pecado y pecado habrá siempre entre los cristianos. Pero cuando hace su aparición el liberalismo diciendo: “el hombre es libre, no tiene obligación de obedecer a Jesucristo, ni a su Vicario en la tierra” y, lógicamente, añade el laicismo: “Las naciones son libres, no tienen obligación de guardar la moral cristiana”, es cuando recuerda Pío XI la realeza de Jesucristo. El hombre no es libre así; las sociedades no son libres así. Hay un Rey que tiene derechos sobre los individuos, sobre las familias y sobre las naciones; ese rey es Jesucristo.
Por el contrario, el mundo en que vivimos se ha edificado sobre la previa demolición del orden social cristiano y sobre la renuncia, incluso teórica, a su restauración. En esa obra hay una negación, implícita o explícita, de la divinidad de Jesucristo. Si Nuestro Señor Jesucristo es Dios, como consecuencia es el dueño de todas las cosas, de los elementos, de los individuos, de las familias y de la sociedad. Es el Creador y el fin de todas las cosas. Como había dicho San Pablo: «Por lo cual a su vez Dios soberanamente le exaltó y le dio el nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los seres celestes, y de los terrenales, y de los infernales, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, llamado a compartir la gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11). Pero si se desvanece esta convicción, entonces no hay fuerza para mantener la propia fe ante la invasión de las opiniones ajenas; de la inevitable diversidad se pasa al pluralismo como un valor en sí mismo y en virtud de una libertad religiosa mal entendida se coloca a todas las religiones en pie de igualdad y se otorgan los mismos derechos a la verdad y al error... Cuando Jesucristo ya no es la sola Verdad y la fuente de toda Verdad basta muy poco para que los hasta entonces cristianos se alejen de la Iglesia, no practiquen su religión y su moral se vuelva deplorable.
En el pensamiento católico, la respuesta al laicismo agresivo, nunca será promover la presunta autonomía de las realidades temporales o la independencia Iglesia-Estado, ni siquiera la neutralidad (si es que puede existir). La única alternativa posible es la re-cristianización que pasa por el reconocimiento de lo que el pensamiento tradicional español llama ortodoxia pública, es decir, el establecimiento de un régimen político «que afirma un contenido de principios, verdades o valores de carácter superior e inmutable como base de su convivencia moral y de sus leyes» (Rafael Gambra). Es el atractivo programa que se describe con estas palabras en la Sagrada Escritura: «Levantemos a nuestro pueblo de la ruina y luchemos por nuestro pueblo y por el Lugar Santo» (1Mac 3, 43).

 

 

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