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Diario YA


 

La gran mentira

Beatriz Bullón. 15 de Septiembre.

Resulta asombroso recibir cartas de los Colegios religiosos u oír declaraciones de sus portavoces diciendo que impartirán clases de la nueva asignatura adecuándola al ideario de los centros. Lo correcto, lo acorde a la verdad, sería decir que impartirán clase de la nueva asignatura desobedeciendo los Reales Decretos que la regulan. No es lo mismo una cosa que otra e induce a confusión en el que escucha. Adecuar la materia supondría que la legislación dejaba amplios criterios de interpretación a la hora de explicarla, permitiendo una interpretación cristiana de la misma. Pero esto no ocurre. La regulación no deja casi nada al azar. Se señalan como referente ético universal de la conducta humana las Declaraciones de Derechos, pero estos derechos no aparecen como originarios,  sino como derechos que están en cambio, y se han de explicar a los alumnos y evaluar que han sido entendidos por éstos, como una conquista histórica inacabada y en evolución, siendo posible su ampliación o retroceso según el contexto. La clave para interpretarlos será la mera aritmética: el juicio ético democrático, según el cual todo será negociable y se evaluará que así se resuelvan los conflictos morales. Pluralidad y diversidad han de ser aceptadas sin más como buenas, porque la moral es cambiante, y se evaluará el respeto a las mismas independientemente del contenido. El concepto del hombre obedece a la ideología de género. La base antropológica y moral no es cristiana y en los criterios de evaluación no se admite otra cosa, examinando actitudes, conductas y pensamientos conforme a la nueva moral. No hay libertad de interpretación, hay que evaluar la adhesión a lo dicho tal y como está dicho.
Que los Colegios religiosos se crean amparados para cambiar la materia por una carta en que se les reconoce poder darla de forma diferente a la ley es bastante ingenuo. Llegado el momento, los que manipulan el derecho para sus fines, dirán que valor jurídico sólo tiene lo legislado, como es lógico, y cuando lo consideren pertinente, unos inspectores muy sabios decidirán si se puede continuar de esa manera incumpliendo las leyes. Entonces, habrá llegado el momento de decir: ¡Roma no paga a traidores!

 

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