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La Virgen María Corredentora

Ángel David Martín. 10 de Septiembre.

Desafiando la ley universal del olvido, a veces se mantiene en los pueblos la veneración hacia las grandes figuras de la historia, pero se trata únicamente de un recuerdo. La veneración a Santa María —en la órbita del culto a Jesucristo— se dirige a alguien que vive, que nos acompaña más allá de las barreras del tiempo, es un culto que supone el recuerdo de lo que la Virgen María hizo y vivió durante los años que pasó en este mundo pero que supone, sobre todo, una adhesión a su presencia invisible. Hace veinte siglos una joven situada en un rincón de Palestina, exclamaba bajo la inspiración del Espíritu Santo: Desde ahora me felicitarán todas las generaciones (Lc 1, 48). María Santísima sigue despertando en millones de almas una corriente de amor y esperanza de la que son manifestación las miles de advocaciones muchas de las cuales se celebran en torno al 8 y al 12 de septiembre, días litúrgicos de la Natividad y del Nombre de María.
 
Como declaro dogmáticamente Pío XII, la Inmaculada Madre de Dios siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial. Fue levantada sobre los nueve coros de ángeles a gloria incomparablemente mayor que la de todos ellos, sentándola su Hijo a su derecha y, cumpliendo en Ella lo del Salmo 45, la coronó de honra y gloria, con coronas de poder, sabiduría y amor, como explica el padre Lapuente. De esta manera, la redención alcanza en la Inmaculada un relieve por encima de cualquier consideración: ha sido elevada por Dios desde nuestro nivel a una altura por encima de todos los ángeles y de todos los hombres, y eso por ser Madre de Dios. Pero precisamente por serlo, por ser la Madre de Jesucristo, María es también Madre de la Iglesia.
 
La tradición patrística y teológica es muy abundante a la hora de establecer semejanzas entre la Iglesia y María. Ambas son vírgenes y madres; ambas esposas del Espíritu Santo... pero ese parecido no es algo puramente literario, por eso la Iglesia ha dado un paso adelante proclamando solemnemente la maternidad de María sobre la Iglesia. Ella es Madre de la Cabeza y de los miembros y María da vida a la Iglesia: Madre es quien da la vida, la vida de la Iglesia es la gracia. María es la corredentora y, por tanto quien ha merecido con Cristo esa gracia y la medianera que la reparte. Luego María es quien da la vida a la Iglesia. Es su Madre
 
El título de María Madre de la Iglesia fue proclamado de una manera solemne por el Papa Pablo VI en un discurso dirigido a los Padres conciliares en noviembre de 1964. Cuando muchos de estos obispos especialmente los centroeuropeos, respaldados por brillantes asesores y teólogos a los que faltaba el sentido de la fe, se oponían a dicho título porque le veían como un peligro para sus aspiraciones sincretistas y ecuménicas, tuvieron que escuchar al Papa llamar a María Santísima, Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el Pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman madre amorosa.
 
Desde los primeros siglos, la Iglesia ha recurrido a Ella en los momentos más difíciles (En Lepanto invocada como Auxilio de los cristianos; en los últimos tiempos citemos sólo al Beato Pío IX definiendo el dogma de la Inmaculada y a Pío XII el de la Asunción). Hasta ahora, ha sido la última vez que un Papa proclama una definición dogmática. ¡Cuánto echamos de menos en los años de auto-demolición de la Iglesia y de confusión doctrinal que vivimos una voz autorizada que se hubiera alzado, si no para explicitar nuevas definiciones dogmáticas, al menos para exigir de manera práctica el sometimiento a las verdades de nuestra fe!
 
En nuestros días un intenso movimiento de almas promueve la exaltación de todos aquellos aspectos del dogma mariano que nos presentan a la Virgen nuestra Madre espiritual: Santa María Corredentora, Mediadora Maternal de todas las gracias y Abogada. Elevemos nuestra oración para que el Papa Benedicto XVI, como hicieron sus predecesores, ofrezca a la Iglesia esta declaración con uno de los dones más preciosos de su pontificado.
 
Todo sería así para mayor Gloria de Dios y bien de su Santa Iglesia. La declaración de un dogma supone una gran efusión de gracias sobre la Iglesia. Si estos títulos que están doctrinalmente establecidos, fueran proclamados como un dogma sería mayor la Gloria y honor de Dios, aumentaría la reverencia y el honor debidos a su Santísima Madre y nuestra propia disposición para recibir la gracia de Dios. Cuanto más amemos y honremos a María, más amor tendremos hacia su Hijo Jesucristo: Y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.
 

 

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