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Diario YA


 

Camino de Zinderneuf

Parafraseando a Sender

Juan Carlos Blanco. Hay escritores que parecen merecedores de una suerte mejor de la que finalmente obtienen, cuanto menos de un mayor prestigio y reconocimiento pasado el tiempo, una vez abandonado el ejercicio de la pluma y viéndose abocados al descanso eterno. De igual modo que alguno de los escritores más celebrados parecen merecedores de una fortuna menor de la que finalmente alcanzan y que les sigue acompañando sine die y que no muestra visos de cesar bajo ninguna circunstancia. Lo uno va por lo otro, imagino. Los que lograron más de lo que en verdad merecían se ven compensados de una manera extraña y algo burda por los que no llegaron a las cotas de éxito que el brillo de su escritura hacía imaginar de inicio, a priori, teniendo en cuenta exclusivamente la profundidad y el peso de sus letras. Y de alguna manera es lo que me sucede con Ramón J. Sender, al enfrascarme en sus inaplazables novelas que conforman por sí mismas un mundo complejo y excluyente que no requiere de ningún aditivo externo que venga a completar lo que ya es completo. Y es un escritor que se muestra siempre con una sinceridad concluyente, lo que tal vez se volviera en su contra en algún momento, tornándose incomoda su presencia incólume y reminiscente que podía violentar a los que no supieron mantenerse en su sitio cuando vinieron mal dadas. Es una de las razones que tal vez actuaron en su contra y que le hicieron perder parcialmente el paso en el mundo de la escritura, donde otros con una dosis menor de talento lograron afianzar su pendón en el punto más alto, ondeando sobre casi todas las cosas. “Mandó que dieran garrote a Núñez por embustero. Gritaba Núñez que era portugués y estaba fuera de su jurisdicción y reía Lope, preguntando al negro Vos: -¿Qué piensas tú? ¿Vale tu cuerda para sacarles el alma a los portugueses? El negro preparaba sus cordeles y reía sin responder. –Ya sabía yo que tenía que morir así –dijo el portugués-, porque toda mi vida he tenido miedo de los cordeles –dijo-. De los cordeles y de la noche. Aguirre dijo a Vos que estaba ya enlazando el cuello de su víctima: -Entonces espera que anochezca para que se cumplan en todo las profecías del tal embustero, que en algo tenía que acertar”. Señala uno de nuestros más grandes escritores actuales que La aventura equinoccial de Lope de Aguirre es junto con El dios de la lluvia de Passuth la mejor novela escrita nunca sobre la conquista de América, lo que nos da una idea del calado verdadero de la obra de Sender. Por no hablar de Bizancio y de La crónica del Alba, tan descollantes entre la maraña final de escrituras apretadas que dejó tras de sí nuestro pasado siglo. Y hay un libro del escritor aragonés que en verdad me desconcierta, sin que por eso deje de ejercer sobre mí un influjo digno de un estudio pormenorizado, como si las muchas sombras que arroja la escritura desaforada de esta novela prevalecieran sobre las luces escasas de que disfruta Ignacio Morel en alguno de los capítulos mejor rematados; y tengo la sensación irrevocable de que la novela en cuestión pudo no ser con mucha diferencia la mejor de sus obras, y que sin embargo tuvo la fortuna o el talento necesario para encender la espita y ejercer de influencia futura y guardar entre sus párrafos en ocasiones confusos algunos de los secretos literarios mejor guardados, el embrión y la urdimbre primera de lo que habría de ser una obra mayúscula de otro novelista mucho más joven al cabo de bastantes años, y que Sender supo de algún modo adelantarse a su tiempo y ofrecer en bandeja de plata una historia con tintes de realidad que únicamente podía ser recogida por quien se encontrara a la suficiente altura, el código grabado entre sus muchas líneas de literatura discontinua y de algún modo encriptada. Y por desgracia otros escritores de menor bagaje y talento alcanzaron al fin una cota más importante de éxito. Lo que invita a desconfiar plenamente de quienes gestionan el asunto de las críticas literarias y de aquellos que se encuentran en disposición de convencer a la mayoría sobre la conveniencia de encumbrar o sepultar a los diferentes autores. Quedamos por tanto en manos de nuestro propio instinto, si pretendemos alejarnos de las modas que dictan los intereses de un puñado de miserables. En manos de nuestro propio instinto, y de la senda que parece abrirse cada vez que nos enfrentamos a la lectura de alguno de los magníficos libros escritos por el hombre durante tantos siglos.

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