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Diario YA


 

Camino de Zinderneuf

De capa y espada

Juan Carlos Blanco. Continúa disfrutando de una aceptación inmensa entre los millones de lectores de todo el mundo que deciden enfrascarse en la minuciosa lectura de alguna de las viejas obras que se alumbraron hace ya tanto tiempo. El género de aventuras tan denostado en algún instante puntual y transitorio de nuestra Historia y que termina por encaramarse una vez tras otra a lo más alto del baluarte, como referencia inamovible y lectura de cabecera de una mayoría muy respetable. El entrechocar de los aceros y las correrías nocturnas y francachelas que se suceden sin solución de continuidad en gran parte de las novelas de aventuras de los pasados siglos, la toma por la fuerza de las armas de una fortaleza cuyo valor estratégico obliga a los más enconados esfuerzos, los subterfugios y enredos diversos que se dan sin excepción alguna en la vida cortesana que se encuentra siempre a una distancia muy evidente de lo que se da en el campo de batalla, el rumor de voces entremezcladas y el polvo ensuciando los rostros desmadejados de los soldados que gritan y que se llenan de sangre al avanzar prestos entre las líneas enemigas y el relinchar de los caballos ante el estruendo de los cañonazos y el fragor del combate que se sucede entre el olor picante de la pólvora y el aullido atroz de los heridos que sucumben bajo las pisadas de las monturas y que se resignan a dejar sus huesos esparcidos por un campo que recobrará la normalidad con el trascurrir del tiempo, al cabo de un puñado de días. 
 

  Los ideales de unos cuantos que parecen prevalecer frente al resto y que suenan a tiempo baldío en la actualidad, el honor y la lealtad y el orgullo inconmensurable haciendo oposición a los que tratan de imponer su voz sobre las demás circunstancias, con independencia de la legitimidad que sustente su posición dudosa. “Y desenvainando la espada se precipitó contra La Mole. Hubiérale éste hecho frente a estar solo, pero Coconnas tenía a sus espaldas a La Huriere, cargando su arcabuz y a Maurevel que, acudiendo al llamamiento del patrón, ascendía los escalones de cuatro en cuatro. Así, pues, se metió en un aposento contiguo y echó el cerrojo por dentro. -¡Ah, malandrín! –gritaba Coconnas lleno de ira y dando golpes en la puerta con el puño de su tizona-. Espera, espera. Voy a darte tantas estocadas como escudos me has ganado esta noche”. Stevenson, Walter Scott, Dumas, Sabatini… Resultan inabarcables los autores que se empeñaron con sobrado gusto en éste género tan agradecido a lo largo de los muchos siglos. Publicando por unos cuantos chelines en el caso de los menos afortunados, ediciones baratas que pasaban de unas manos a otras y que se leían sin descanso y aun se comentaban entre la población con independencia de las clases sociales y de las castas y demás arbitrariedades que nos diferencian siempre, los folletines de los diarios ayudando a la propalación viral de unos escritos que en otras épocas no habrían alcanzado más que a unos cuantos. En otras ocasiones se firmaban contratos millonarios que convertían al autor en un fenómeno de masas y que lo empujaban a continuar en su labor sin descanso, como en el caso de Alejandro Dumas, su obra ingente y aun desmedida y que no podría llevarse a cabo en una única vida, con lo magnífico y lo menos destacable de sus novelas que se distinguen siempre y que perduran más allá de su cambiante siglo, como si hubieran alcanzado una cota que las situara por encima de las demás consideraciones y de las modas de cada época y que tanto confunden a los que no se fijan lo suficiente y resultan permeables a las opiniones interesadas y ajenas. Y vivió y murió Dumas como en realidad lo había hecho alguno de sus personajes más destacados, sin ambages ni medias tintas, a tumba abierta, dándolo todo en cada momento, entregado al desenfreno que terminó con sus huesos desportillados y sobrecargados por sus muchos kilos, la vida disipada y sedienta de escenarios nuevos, de sensaciones alambicadas que lo trasportaran más lejos de lo que los demás llegaban, arrastrado por la inercia autodestructiva de su éxito sin precedentes que lo fagocitó sin descanso. Y algunas de sus novelas no podrán olvidarse nunca, por mucho que corra el tiempo y que los nuevos gustos se encaminen en direcciones opuestas.

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